IMPOSTORA
Elisenda Bolívar Comentarios 0 comentarios
Una reflexión íntima sobre el síndrome de la impostora, la autoexigencia y ese miedo a mostrarse cuando una parte de ti cree que nunca es suficiente.
No nací médico.
Nací impostora.
Qué drástica, pensarán unos. Siempre tan dramática, pensarán otras. Pero en esa senda oscura me encuentro.
No nací madre. No nací amiga. No nací salvadora.
Y entonces, ¿cuál es mi destino?
Ya te lo he dicho: nací impostora. No merecedora. Invisible.
Soy una mujer sensible. Eso no es impostado. Pero del resto no tengo tanta claridad.
Cuando eres mujer ya vas un tanto marcada. No voy a hacer un discurso feminista, aunque debería, pero este no es mi objetivo hoy.
Hoy te quiero contar una cosa que quizá has vivido. Que quizá sientes cada día:
No eres suficiente.
Si sales a la luz, si enseñas demasiado, los demás se darán cuenta de que no había tanto ahí detrás. Que la superficie brilla, pero que la luz se apaga una vez exploras.
Si muestras tu capacidad, tus pensamientos, tus deseos, los demás te juzgarán. Te menospreciarán. Pero no porque les falte razón. Sino porque realmente no eres lo que vendes.
Y entonces, ¿cuál es el camino?
Claro, ¿no?
Esconderte. Huir. No mostrar.
Creerte que no vales, que no mereces, que no debes. No salirte de la norma no escrita. No hacer nada diferente.
Quizá sí que soy médico. Y madre. Y amiga. Y a veces salvadora.
Pero oprimo mi verdad para no llamar la atención. Para no contradecir. Para no generar conflicto. Para no brillar.
“Si te vieras con mis ojos”, me dirá quien yo conozco.
Y yo pensaré: ¿cómo vive tan engañada mi amiga? ¿Cómo es posible que mi marido no haya descubierto el fraude?
O quizá sí. Y lo asume por eso del amor y la pasión.
Y ellos, al leer esto, querrán darme un bofetón suave. Y reirán. Y dirán:
“No tienes remedio”.
Pero el remedio existe.
Romper el muro.
Qué fácil, ¿verdad?
Darte permiso para ser tú misma. Para creer en ti. Para asumir con valentía el miedo que se agarra a tu cuerpo y no te permite ser.
Darte permiso para opinar. Sí. De igual forma que los demás. O quizá totalmente opuesta. Pero dar tu punto de vista.
Echar la vista dentro y darte cuenta de que hay más. Mucho más. Que lo tenías escondido y catapultado al fondo de una cueva oscura.
Darle luz.
Y ofrecerlo.
Porque cuando lo hagas, todos seremos más felices. Incluso tú. Te lo garantizo.
Y es que te cuento:
Soy madre. Y muchas veces imperfecta.
Soy amiga. Y muchas veces me olvido de los cumples.
Soy médico. Y sé que hay otra perspectiva para conectar con mis pacientes.
Soy salvadora, pero solo de mí.
He aprendido a quererme a pesar de todo. A soportarme a pesar de las incongruencias. A darme espacio. Calma. Y sostén.
Y tú, ¿te atreves a mirar?